El foto-libro titulado En la Línea es un registro visual que documenta mi trayecto desde mi casa hasta el centro de Nicosia, a través de 52 fotografías. El término “en” se refiere a que camino en primera persona sobre esta línea y la registro ordenadamente, trazando la ruta desde mi casa en el Barrio Kaimakli (del que ya hemos hablado anteriormente), hasta el centro de Nicosia, la única y última capital en el mundo que está dividida por la mitad.
El tema principal del fotolibro es una línea verde que atraviesa todas las páginas superponiéndose a las imágenes. Sobre ella, una línea de texto relata la realidad de los efectos de la Línea Verde en mi barrio y en la capital. El texto está grabado sobre la Línea Verde, así como mis recuerdos están arraigados en Kaimakli, el lugar donde nací y crecí. Las imágenes están enmarcadas en un borde blanco, haciendo referencia a cómo la línea verde atraviesa el marco, de la misma manera en que divide el país de Chipre en su totalidad y no solo en ciertas áreas.
El texto se muestra parcialmente velado y condiciona la lectura, con lo que pretendo simbolizar la desinformación realizada por el estado. Es impactante que incluso después de completar mis estudios, desconozca la historia y los errores de mi país. En parte, la situación actual del conflicto se debe a nuestro sistema educativo. Sé que, para que se pueda producir un cambio es necesario que las personas puedan acceder a la totalidad de la información.
Sobre las imágenes, En la línea reproduce este texto:
Nicosia es la última capital del mundo que está dividida en dos. Mi barrio también lo está. Estas imágenes documentan una ruta desde mi casa hasta el centro de la ciudad. Algunas partes de la ruta las realicé con el coche para poder disparar con la cámara sin ser detenido, ya que por todas las zonas que registré está estrictamente prohibido tomar fotografías. Kaimakli es un barrio de 12.000 habitantes, atravesado por la Línea Verde. En su interior se arremolinan campos militares, búnkeres, mallas de alambres con púas, muros de barriles, carteles que prohíben filmar y cruzar. Es el peor lugar para que un niño crezca, para que juegue. Antes de la década de los 60, Kaimakli era un barrio grande e importante que formaba parte de la ruta desde el norte hasta el centro de la ciudad. Era un punto de entrada para el comercio local y hoy, lo único que llega desde el norte, es el sonido de las oraciones del Imam y algunos inmigrantes ilegales intentando entrar en Europa cruzando la peligrosa Línea Verde, arriesgándolo todo en pos de un futuro mejor. En la mayoría de los casos suelen ser detenidos por la policía o por la ONU al entrar al país o antes de que puedan atravesar la frontera. Las autoridades les golpean para que no se atrevan a seguir soñando. Caminando por la Línea Verde en mi barrio recordé cuando de niño, una pascua, circuló la noticia en el barrio de que los soldados del bando turcochipriota estaban tirando piedras hacia los soldados grecochipriotas. Un día, jugando con mis amigos del barrio en una zona al lado de la Línea Verde, un soldado nos disparó. Lo hizo porque uno de nosotros tiró dos limones hacia el campo militar de los turcochipriotas. Por suerte, el disparo impactó en un coche abandonado que se ubicaba a 20 centímetros de nosotros. Debido al miedo, caímos todos al suelo con las manos cubriendo las orejas. Durante los siguientes 15 minutos, un pitido constante anuló cualquier estímulo sonoro. El odio, la rabia hacia el otro bando transmitida de padres a hijos es el único argumento para esta anécdota. Todo pasó sin pensar las consecuencias, como acostumbra cuando eres un niño. Continuamos jugando por el barrio sin miedo, pero nunca más en la zona dónde nos dispararon. Tuvimos mucha suerte este día. Cuando uno vive con miedo constante, con el tiempo se acostumbra, y ese miedo aparentemente desaparece, aunque siga presente. Esta ruta me despertó distintos sentimientos, recuerdos y escenas de mi infancia, donde usaba mi imaginación y pasaba el tiempo dentro de los búnkeres imaginando escenas de la guerra. En aquel momento lo encontraba como un juego, hoy, desde mi punto de vista, es otra cosa, y creo que no es sano 58 almacenar en la conciencia de un niño tantas imágenes de guerra. La memoria de la infancia se nutre de armas de juguete, soldaditos, videojuegos y películas bélicas, en mi barrio los niños son directores de esas películas. Chipre es una isla con gran atractivo turístico por sus espectaculares playas, pero en Nicosia no hay mar. La mayoría de los turistas la visitan para ver como la ciudad está partida por la mitad, para cruzar la frontera desde el centro de la calle Ledra, hacia la parte turcochipriota. Allí se encuentra la parte más estrecha de la Línea Verde. Puedes cruzarla en aproximadamente 20 pasos. Creo que les recuerda un poco al muro de Berlín que también es una atracción turística. El registro del barrio continúa hasta el centro de la ciudad donde la cara lavada oculta la presencia militar: los puestos militares recuerdan a casas, ya que están pintados con los colores de la bandera de Grecia y de Chipre; los bares y restaurantes utilizan los residuos metálicos de Línea Verde en la calle como decoración y crean una atmósfera agradable para el público del centro de Nicosia. El miedo se camufla en la pantomima hasta desaparecer. Las emociones se difuminan y la ciudad de Nicosia deviene escenario de un relato oportunamente escrito.
Gracias a la estructura piramidal que vivimos donde la ocultación de información es una práctica habitual, se crea una nube gris porque la punta arriba de la pirámide supera el cielo, así que todo se ve borroso desde abajo. La gente que se ubica por encima de esta estructura engaña a los de abajo ocultando información. Cuando las personas que se ubican abajo se dan cuenta, les despierta odio y rabia hacia los de arriba. Se desata la revolución. Aun así somos peones en un tablero de ajedrez para aquellos que todavía permanecen en la cúspide de la pirámide. Ellos juegan con nuestras vidas para ganar su partida.
